jueves, 21 de enero de 2010

Inquietante movimiento.


Susurros a lo lejos se dejan escuchar en una noche fría, como relámpagos retumban en los huesos llenando de escalofríos opacos cada parte de tú cuerpo. Yo no tengo frío, menos siento miedo, simplemente camino al lado de ella mirando su tersa piel blanca. Puedo oler el espanto, yo te dijo "tranquila, nada va a pasar", ella se acurruca fuertemente en mi brazo indolente mientras yo apoyo mi cabeza contra la suya. Así pasan horas tras horas que terminan en borrosas luces que nublan los ojos de la joven y de a poco cubren de espanto cada molécula de su cuerpo. Yo entre fascinación y locura, al borde el éxtasis total, dreno toda su energía vital a esta hermosa mozuela. Lentamente su desfallecido cuerpo cae al suelo entre las hojas secas y quiebradizas, sin aliento, mientras me aterra el miedo -si miedo- que aparece en mi. Rápidamente caigo en el descontrolado, mi cuerpo se retuerce en el piso, la sangre que circula por mis venas oxidadas ya no es tibia sino ardiente, como una hoguera en su punto más alto, como agua hirviendo, como aceite de caldera. Mi espiración sofocante no es la misma, el placer se convirtió en dolor explosivo y mi cuerpo ya no respondía a mis actos...

Despierto entre luces muy brillantes, mi vista aun no se acomoda a esa candente luz. No entiendo lo que pasa, miro a mi alrededor, descubro que solo fue un viaje onírico que aterraba mi mente e inquietaba mi empobrecida alma. Aunque ¿Por qué tengo este gusto a sangre en mi boca?

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